Como si fuera una premonición de lo que iba a suceder en la CAM, el viernes 25 de Octubre de 2010 dio una conferencia en la Universitat de València el presidente de Aristóbulo de Juan y Asociados S.L, primer secretario general del Fondo de Garantía de Depósitos (FGD) y ex-director general del Banco de España , don Aristóbulo de Juan.
Desde 1987, año en que empezó su trabajo sobre crisis bancarias y que ha continuado hasta hoy, Aristóbulo ha observado una serie de rasgos comunes que se repiten tozudamente en la inmensa mayoría de los casos que toca intervenir una entidad financiera. En estos momentos, ante el descontento reinante para solucionar la presente crisis internacional y las crecientes dificultades de algunas entidades financieras nacionales, ha querido recapitular en este documento las más significativas de manera telegráfica.
.
Enseñanzas de la patología bancaria y su aplicación en España
Las grandes crisis financieras internacionales vienen teniendo una intermitencia que viene durando en torno a los 10 o 12 años.
Desde 1978, año en que empecé mi trabajo directo en crisis bancarias y que continué hasta el día de hoy en casi treinta países, he observado una serie de rasgos comunes que se repiten tozudamente en la inmensa mayoría de los casos. De ellos he extraído una serie de enseñanzas que he incorporado a mi acervo profesional. Muchas de estas enseñanzas siguen vigentes, incluso en crisis de origen y características muy diferentes. En estos momentos, ante el desconcierto reinante para solucionar la crisis financiera actual, me parece oportuno recapitular aquí las más significativas, aunque sea de manera telegráfica.
- El factor clave de las crisis financieras, aisladas o sistémicas, es la mala gestión. Tanto o más que los grandes temporales macroeconómicos.
- Los principales rasgos de una mala gestión son dos: un crecimiento demasiado rápido y una asunción de riesgos desmedidos. El crecimiento rápido puede proceder de un exceso de liquidez, lo que conduce hacia la euforia y laxitud. Constituye lo que se suele llamar como “el opio del banquero”. Los riesgos desmedidos suelen centrarse en determinados sectores económicos.
- Cuando las entidades tienen problemas serios, sus gestores suelen ocultar los problemas mediante el maquillaje de sus cuentas. Resulta más fácil que corregir la gestión. Pero como el maquillaje no resuelve los problemas, los gestores pueden emprender una huida hacia adelante, embarcándose en un crecimiento desbocado y en operaciones de alto riego. El abuso por parte de los dueños o directivos, incluso el fraude, pueden estar rondando.
- Como resultado del maquillaje, los peores créditos nunca están contabilizados como “morosos”. ¿Cómo es eso posible? Mediante el uso de los resquicios que ofrece la normativa o mediante el incumplimiento de ésta o incluso con la vista gorda del banco central supervisor. Las refinanciaciones de operaciones inviables, en sus múltiples modalidades, constituyen el principal instrumento de maquillaje. Pero también lo son la sobrevaloración de los bienes recibidos en pago de la deuda y de las acciones canjeadas por los créditos. Sin olvidar el desplazamiento de los riesgos fuera del perímetro de consolidación o la ocultación de problemas mediante operaciones combinadas entre varias entidades. Todo ello oculta la realidad y obra el gran milagro: evitar provisiones y, lo que es peor, contabilizar devengos ficticios como ingresos reales.
- La iliquidez de las entidades financieras puede ser debida a problemas del pasivo, del activo o una combinación de ambos. Se debe al pasivo cuando se congelan los mercados o se producen fugas de depósitos. Se debe al activo cuando éste no genera rendimientos, sus principales no son devueltos o los activos fijos no resultan realizables. Cuando es éste el caso, una situación prolongada de iliquidez o de liquidez asistida por organismos oficiales suele ocultar una situación de insolvencia, que se hace cada vez más profunda cuando no se aborda. Cuando se da una combinación de ambos problemas de pasivo y de activo, deben abordarse las situaciones de insolvencia con diligencia y prontitud. Pues en caso contrario la congelación de los mercados y la fuga de depósitos se volverán cada vez más gravosos y con una celeridad mayor.
- La dotación de provisiones adecuadas o la suspensión de intereses pueden a veces ser discutibles. Pero lo que cuenta son los flujos. Porque si existe una masa de activos, incluso recuperables parcialmente y que no originan flujos de entrada reales, los recursos que los sostienen sí que tienen un coste real y originan flujos de salida. Así, la iliquidez y las pérdidas van en aumento. Y la capacidad de crédito se congela. Las entidades pueden incluso llegar a convertirse en pirámides o sistemas de Ponzi, en las que los gastos generales y financieros se terminan pagando con los nuevos recursos que se van captado en ventanilla.
- Cuando el maquillaje se produce en una entidad o incluso en un sistema, aunque esté amparado por la normativa, sus recursos propios no son la suma de su capital y sus reservas. Sino de esta suma menos la insuficiencia de provisiones. Por lo tanto, el capital regulatorio y el capital contable pueden terminar sirviendo para muy poco como indicadores de solvencia. Pueden incluso ocultar situaciones contables de descapitalización real.
- Las situaciones de insolvencia nunca (o casi nunca) son declaradas por el banquero. Con frecuencia tampoco son identificadas por los auditores ni por el supervisor hasta que la entidad termina siendo ilíquida. Mientras tanto, se intenta salvar la situación de insolvencia con apoyos prolongados de liquidez que nunca la terminan resolviéndola.
- Si la insolvencia es profunda, se dan varios niveles de pérdidas que se van desvelando sucesivamente. Cada nivel puede llegar a multiplicar hasta por dos el nivel anterior. En primer lugar están las escasas pérdidas que declara el banquero. Vienen después las que detecta el auditor externo, que pueden doblar a las del banquero. A partir de ese momento se encienden las alarmas y llegan los inspectores, que detectan del doble de pérdidas que los auditores. Después se desencadena una intervención del regulador, que termina descubriendo el doble de pérdidas que los inspectores. Al final se termina poniendo en venta la entidad y las pérdidas fruto de una “due diligence” multiplicarán por dos las identificadas por el regulador.
- Teniendo en cuenta este proceso, el supervisor debe intervenir en cuanto detecta un nivel suficiente de insolvencia en el que se pueda apoyar jurídicamente. Y hacerlo sin esperar a conocer el definitivo al intervenir directamente en la gestión e investigar dentro de la entidad. En estos casos el tiempo es oro.
- Para evitar el proceso descrito es siempre necesaria una buena regulación. Pero aún así no es suficiente si no viene acompañada de una buena supervisión. La supervisión es también completamente necesaria, pero aún así también es insuficiente si no va acompañada de eficaces mecanismos de saneamiento. Pero a su vez estos mecanismos llegan a ser también ineficaces si no existe una buena supervisión y regulación al mismo tiempo. Se trata de un paquete inseparable.
- Una supervisión eficaz debe conllevar la comprobación directa e in situ de la salud de las entidades. Puede ser incluso más importante que las mejoras en la regulación. Los modelos matemáticos y las “pruebas de esfuerzo” pueden ser instrumentos útiles, pero no siempre son inteligibles y realistas. Por ello no deben sustituir a la comprobación in situ, sino complementarla. De otro modo podrían equivocar al supervisor y hacerle bajar la guardia a la hora de valorar los activos e identificar la necesidad de provisiones específicas, que podrían llegar a superar ampliamente a las genéricas.
- Aunque puedan ser lícitas desde una perspectiva regulatoria, si la descapitalización es profunda, no la resuelven las siguientes medidas: la tolerancia o gradualismo en las normas o su aplicación, la revalorización de sus activos, el cómputo de un posible crédito fiscal como capital, los créditos a la entidad o la suscripción de títulos a devolver a su vencimiento (sobre todo si llevan asociados altos intereses que lastran la rentabilidad), los simples apoyos de liquidez de duración limitada, que pueden perpetuar y agravar la insolvencia oculta que subyace (contribuyendo incluso a mantener una mala cultura de gestión y desalentar cambios administrativos y directivos), la simple mejora de la eficiencia que aún siendo buena suele ser tardía e insuficiente.
- El “agujero” que supone la insolvencia tiene que ser rellenado principalmente con capital fijo o mediante la compra por un tercero de activos dañados, con asunción de la pérdida subyacente en el balance de la entidad enferma. Los préstamos y los avales pueden ser complemento de aquellas medidas, pero no sustituirlas. Lo importante para conseguir un saneamiento eficaz es reconstruir plenamente el capital económico de la entidad enferma (no el regulatorio) en la medida necesaria para regenerar los resultados y hacer posible el crédito. De no ser así no se encontrarán inversores fuertes que aseguren el futuro sostenible de la entidad. Lo que debería ser el objetivo último de la operación.
- Para conseguir estos objetivos, mediante una solución real de la insolvencia, ha de originarse una pérdida en uno o varios agentes. No existe la magia. Los agentes llamados a sanear el capital conjunta o separadamente son los siguientes y por este orden: en los bancos los accionistas, después los nuevos accionistas, la entidad que absorba a la que está en dificultades o se fusione con ella (y que mediante su excedente de recursos compensen el déficit con una gestión fuerte que asegure su rentabilidad), el resto del sistema financiero a modo de autoseguro, el gobierno con recursos fiscales. Finalmente, también pueden contribuir a enjuagar las pérdidas acreedores institucionales o incluso bonistas y tenedores de capital híbrido. Es el llamado “bail in” por contraposición del “bail out“. ¿Cómo? Pues recortando sus derechos (a modo de corte de pelo o “hair cut“) o bien obligándoles a canjear sus derechos por acciones o títulos a largo plazo. Y esto siempre que no se origine un riesgo sistémico.
- En los procesos de saneamiento resulta inevitable la adopción de medidas que repugnan por razones conceptuales, económicas o políticas. Porque las medidas necesarias siempre resultarán menos repugnantes que sus alternativas. De hecho suele corresponder al gobierno la asunción de esas pérdidas. Es cierto que esto constituye un “pecado fiscal”. Pero aún siendo así debe aceptarse con realismo y como la única solución a la catástrofe nacional que suele ser suponer una crisis bancaria. En el fondo se trata de un mal menor. Y si se dice que una crisis no costó dinero al gobierno o incluso que éste ganó dinero con ella, es que la crisis no se resolvió.
- Huelga decir que toda insolvencia no resuelta por los accionistas, sino por una institución pública, requiere como contrapartida un fuerte castigo a dichos accionistas en el caso de tratarse de una entidad bancaria. Y tanto en el caso de bancos, como en el de las cajas o cooperativas de crédito, requiere también de una sustitución contundente de los administradores y gestores anteriores por gestores profesionales contrastados. Y esto por razones éticas y también de eficacia. Se trata de salvar sistemas de crédito, pero nunca a los banqueros o los directivos de las cajas que estuvieron al frente de las entidades con problemas.
- Si la insolvencia se resuelve a medias, es decir si la herida se “cierra en falso”, el sistema resultante será frágil y puede quedar poblado de instituciones enfermas o zombies por muchos años. Tal situación impedirá un desarrollo normal del crédito. Pero también puede perpetuar la falta de transparencia y provocar incluso una complicidad tácita entre el supervisado y el supervisor. Por último, puede convertir en crisis sistémicas trastornos no dramáticos o insolvencias aisladas. Y todo ello huelga decir que es sumamente grave.
- Cuanto más se tarde en abordar a fondo la insolvencia, más costoso resulta todo. Por tanto, cualquier pérdida en que se incurra es “buena” si resulta ser la última. “Any landing is good landing“, dicen los pilotos de las líneas aéreas.
- La intervención de un organismo público en la propiedad o en la gestión de una entidad ha de ser temporal y ser sustituida por inversores o por una entidad privada, que sea fuerte, bien gestionada y deseablemente de mayor tamaño. Sólo así se podrá asumir un mando claro para mejorar su gestión en la medida necesaria.
- En casos de descapitalización de las entidades, la tolerancia implícita en las propias normas o en su aplicación por el supervisor podría considerarse una estrategia prudente, pero sólo en ciertos casos. Y únicamente cuando la situación inicial no sea grave y las cosas puedan mejorar en un plazo muy breve. Por el contrario, si la situación es grave y sufre un progresivo deterioro, la tolerancia puede resultar suicida e incluso llegar a maniatar al supervisor, haciéndole cautivo de su pasado. Porque la insolvencia crece más rápidamente que la recuperación natural.
- La “prueba de fuego” o “prueba del ácido” de una buena operación de saneamiento es la pronta regeneración de la función del crédito y la capacidad de atraer inversores fuertes que aseguren un futuro sostenible. Si no se consiguen estos objetivos entonces las medidas adoptadas no eran las que requerían la situación y entonces es necesario volver a comenzar, aplicando una estrategia diferente.
- La voluntad política es requisito indispensable para recuperar un sistema financiero fuerte. De no existir tal voluntad resultaría inútil cualquier esfuerzo por intentar mejorar la regulación, la supervisión o los mecanismos de saneamiento.

Popularity: 51%
Leave a Comment