Las Ranas, una de las comedias más literarias de Aristófanes, fue representada el año 406 bajo el nombre de Filómides y obtuvo el primer premio en las fiestas Leneas.
Comprende dos partes bien diferenciadas: la primera parte presencia el descenso del dios Dionysos, numen del Teatro, a los dominios subterráneos de Hades, deidad de los Infiernos. La segunda parte nos hace asistir a una discusión de orden moral y literario entre Esquilo y Eurípides, los cuales se disputan el trono de la Tragedia.
Al componer su argumento, Aristófanes se inspira en las circunstancias particularmente graves que se cernían sobre el pueblo ateniense. La ciudad se hallaba entregada una vez más a la demagogia, después de haber visto cómo se sucedían cuatro gobiernos en el espacio de cinco años: del 411 al 416.
Colmado de maldad, el gobierno había condenado a muerte a ocho de los diez estrategas vencedores en la batalla naval de las Arginusas, por el absurdo motivo de no haber recogido los cadáveres de sus bajas. Además, los demagogos Clígenes y Cleofón habían rechazado los ofrecimientos de paz hechos por los lacedemonios a raíz de la victoria ateniense, lo que comprometía todos los beneficios de esta victoria.
Arístides, el único hombre capaz según Aristófanes de resolver la situación, estaba de nuevo en el destierro. Atenas, perturbada por los disturbios, presentaba el aspecto de una ciudad cada vez más debilitada mientras que Esparta, su rival, se recobraba gracias a la actividad de Lisandro y preparaba su victoria de Aegospotamos.
Por otra parte, Atenas no contaba ya con sus grandes poetas. Esquilo y Sófocles habían muerto, así como Eurípides que acababa de perder la vida en la corte del rey de Macedonia. Agatón (otro de los grandes poetas de la época) vivía en el retiro. El momento era grave para Atenas y ello explica la moderación con que Aristófanes se dirige esta vez a los atenienses para encarecer la unión de todos los griegos en nombre del interés general, y trabajar una vez más por la pacificación de los ánimos.
El argumento de Las Ranas es muy movido y hubo de suscitar entre los espectadores un apasionado interés, sin mengua de la comicidad característica en las obras de Aristófanes.
Cansado de no representar más que tragedias mediocres, Dionysos decide bajar al reino de las sombras para traerse a Eurípides. Acompañado de su esclavo Xantias, que lleva los equipajes y disfrazado con una piel de león prestada por Heracles, atraviesa la Estigie en la barca de Caronte saludado por la ruidosa algarabía de las ranas. Después de una serie de incidentes, a cual más divertido, consigue llegar hasta la morada de Hades. Esta primera parte es muy alegre y rebosa de animación y de ingenio satírico.
En la segunda parte, los espectadores asisten a una confrontación de meritos entre Esquilo y Eurípides. Dionysos, antes de decidirse por uno de los dos, hace que cada cual defienda su causa. Ideas políticas y morales de uno y otro, valor de sus prólogos, calidad de su estilo, potencialidad de su lirismo, todo es así examinado. Incluso acaban por pesarse los versos de cada uno en una curiosa balanza que, casi siempre, se inclina del lado de Esquilo. Este resulta proclamado vencedor y sube a la tierra con Dionysos. El arte de la Tragedia quedará así y será Sófocles y no Eurípides el que ocupe el trono de la poesía dramática.
El texto que se quiere rescatar de Las ranas es el siguiente:
Con frecuencia nos parece que a la ciudad le pasa con nuestros mejores ciudadanos lo mismo que con la moneda antigua y el oro nuevo. En efecto, de éstas monedas, que no son falsas, sino las más bellas de todas las monedas, según parece, y las únicas que están bien acuñadas y son de mejor sonido, entre los griegos y los bárbaros, en todas partes, de ésas no hacemos uso alguno. Pero sí de estas detestables piezas de cobre, acuñadas ayer o anteayer con pésimo cuño.
Del mismo modo, de los ciudadanos, aquéllos que sabemos que son personas nobles y prudentes, justas y honradas, educadas en la palestra, en los coros y en la música, los expulsamos. En cambio, utilizamos, para todo, las piezas de cobre, a los extranjeros, a los cabezas rojas, a los malvados y a los nacidos de malvados, a los recién llegados, a los que la ciudad, antes, ni siquiera hubiera utilizado, fácilmente y al azar, como víctimas expiatorias.
Mas también ahora, ioh insensatos!, modificando vuestras costumbres, utilizad de nuevo a los mejores, pues si tenéis éxito, seréis elogiados, y si os equivocáis en algo, a los sabios parecerá que, si algo padecéis, al menos lo padecéis ciertamente desde un árbol digno.
Este es el problema de Europa y no otro. Estar en manos de unos políticos mediocres y corruptos que están poniéndonos a todos a los pies de la gran banca y los que están detrás de ella. Mientras no vuelvan al gobierno personas “nobles y prudentes, justas y honradas”, no tenemos nada que hacer los ciudadanos. Si alguien piensa que es el sistema de partidos quien nos va a traer una regeneración política está muy equivocado, pues es precisamente esta forma de gobierno la que ha colocado en los escaños de los parlamentos a los peores “malvados y nacidos de malvados”.
Para los que no saben situar a Grecia en la historia, pueden leer estas breves entradas sobre la Grecia Clásica, la Guerra del Peloponeso y la Batalla de Egospótamos. Es material suficiente para entender el contexto de la obra de Aristófanes y su rabiosa actualidad si se sabe descubrir quiénes son ahora nuestros enemigos.

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