Aprovechando una pregunta de Wolf a Summers se ha hecho un repaso a la figura de Harry Dexter White y a la desobediencia consciente de Ludwig Erhard, intentando mostrar que no existe gran contradicción entre las convicciones comunistas del primero, la inteligencia del equipo de economistas alemanes para salir del nuevo yugo que suponía la planificación aliada y el hecho, en definitiva, de haber diseñado Dexter y Keynes el FMI, el Banco Mundial y todo el sistema de Bretton Woods como sofisticados organismos de planificación financiera.
Por supuesto, éstos últimos no dejan de ser dos trabajadores cualificados en nómina y al servicio de otros. Esta parte es la conclusión final y queda a su libre interpretación de la mano de Antony Sutton y su libro Wall Street y la Revolución Bolchevique. Aquí reproducimos simplemente el primer capítulo con el objeto de advertir sobre el verdadero rostro de ese capitalismo financiero de altos vuelos al que se dirige sin oposición aparente el sistema monetario internacional.
¿Por qué un banco central debe ser independiente de la política de un país, pero al mismo tiempo dependiente de las directrices del BIS o el FMI? ¿Se trata entonces de establecer una política monetaria independiente del gobierno o por el contrario que sea el gobierno quien dependa de un sistema de pagos construido sobre la deuda pública? Estas preguntas son las que se responden en libros como el de Sutton o el Tragedy and Hope de Quigley.
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Prefacio
Desde los comienzos de la década de los años 1920, numerosos panfletos y artículos e incluso unos pocos libros, han tratado de establecer un vínculo entre los “banqueros internacionales” y los “revolucionarios bolcheviques”. Rara vez estos intentos han estado apoyados sobre una evidencia concreta y nunca han sido presentados dentro del contexto de una metodología científica. Más aún: algunas de las “evidencias” utilizadas en estas obras han sido fraudulentas, ciertas partes son irrelevantes y muchas de ellas no pueden ser verificadas. Por otra parte, los autores académicos han evitado a propósito examinar el asunto. Probablemente porque la hipótesis de partida ofende a esa pulcra dicotomía dialéctica de capitalistas contra comunistas, siendo en teoría enemigos tan acérrimos.
Por fortuna, los archivos del Departamento de Estado (State Department Decimal File, particularmente la sección 861.00) contienen extensa documentación sobre el hipotético vínculo. Cuando se integra la evidencia que se desprende de estos documentos oficiales con el resto de las pruebas procedentes de fuentes no oficiales tales como biografías, documentos personales e historias convencionales. Lo que emerge es una historia verdaderamente fascinante.
Hallamos que existió un vínculo entre algunos banqueros internacionales y muchos revolucionarios, incluyendo a los bolcheviques. Estos caballeros banqueros (que aquí se identifican) tuvieron un interés financiero en, y estuvieron comprometidos con, el triunfo de la revolución bolchevique.
Quiénes, por qué y por cuánto es lo que constituye la trama de este libro.
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Los actores sobre el escenario de la revolución
La portada de este libro fue dibujada por el caricaturista Robert Minor en 1911 para el St. Louis Post-Dispatch. Minor fue un talentoso artista y escritor que también supo desempeñarse como revolucionario bolchevique. Fue arrestado en Rusia en 1915 por supuesta subversión y más tarde terminó al servicio de prominentes financieros de Wall Street. En la caricatura, Minor retrata a un Carlos Marx barbudo y satisfecho, con un libro titulado “Socialismo” bajo el brazo y aceptando las felicitaciones de J. P. Morgan, su socio George W.Perkins, un exultante John D. Rockefeller, John D. Ryan del National City Bank y al fondo Teddy Roosevelt. La muchedumbre que vitorea y los sombreros volando por el aire sugieren que Carlos Marx debe haber sido una clase de sujeto bastante popular en el distrito financiero de Nueva York.
¿Estaba soñando Robert Minor? Mas bien todo lo contrario. No tardaremos en ver que estaba pisando terreno firme representando a la entusiasta alianza entre Wall Street y el socialismo marxista. Los personajes en la caricatura de Minor son Carlos Marx (simbolizando a los revolucionarios posteriores Lenin y Trtotsky), J. P. Morgan y John D. Reockefeller son también personajes destacados en este libro.
Las contradicciones sugeridas por la caricatura de Minor han sido barridas bajo la alfombra porque no se ajustan al espectro conceptual de la izquierda y de la derecha políticas. Oficialmente, los bolcheviques se hallan en el extremo izquierdo del espectro político y los financieros de Wal Street están en el extremo derecho. Por lo tanto se deduce que los dos grupos no poseen nada en común y cualquier alianza entre ambos es absurda. Los factores que contradicen este arreglo conceptual generalmente resultan rechazados como observaciones exageradas o errores desafortunados. La Historia moderna posee esta clase de dualidad incorporada y, por cierto, cuando se rechazan y se barren bajo la alfombra demasiados hechos incómodos, esta Historia se convierte en una Historia falseada.
Por el otro lado, se puede observar que ambos (tanto la extrema derecha como la extrema izquierda del espectro político convencional) son absolutamente colectivistas. Tanto los nacional-socialistas (por ejemplo, los fascistas) como los socialistas internacionales (por ejemplo, los comunistas) recomiendan sistemas político-económicos totalitarios basados sobre un poder político desnudo e irrestricto y sobre la coerción individual. Ambos requieren el control monopolista de la sociedad. Mientras el control monopolista de las industrias fue el objetivo de J.P.Morgan y de J.D.Rockefeller hacia fines del Siglo XIX, los santuarios internos de Wall Street comprendieron que la manera más eficiente de conquistar un monopolio sin competidores era “volverse políticos” y hacer que la sociedad trabajara para los monopolistas, aunque siempre bajo la advocación del bien común y el interés público. Esta estrategia quedó expuesta en 1906 por Frederick C. Howe en sus Confessions of a Monopolist (1). Howe, dicho sea de paso, también es un personaje en la historia de la Revolución Bolchevique.
Por lo tanto, un etiquetaje alternativo de las ideas políticas y de los sistemas político-económicos consistiría en ordenarlos de acuerdo con el grado de libertad individual versus el grado de control político centralizado. Bajo un ordenamiento semejante, el Estado corporativo de bienestar y el socialismo se encuentran en el mismo extremo del espectro. De allí podemos ver que los intentos de un control monopólico de la sociedad pueden tener distintas etiquetas manteniendo sin embargo características comunes.
En consecuencia, una de las barreras que impide la comprensión madura de la Historia reciente es la noción de que todos los capitalistas son irreductibles enemigos de los marxistas y los socialistas. Esta equivocada idea tiene su origen en Carlos Marx e indudablemente resultó útil a sus propósitos. Pero la idea es una ridiculez. Ha existido una continua y disimulada alianza entre los capitalistas políticos internacionales y los revolucionarios socialistas internacionales, en beneficio mutuo. Esta alianza ha pasado desapercibida en gran medida porque los historiadores (con algunas notables excepciones) poseen una inclinación marxista o capitalista inconsciente y se encapsulan ellos mismos en la imposibilidad de la existencia de dicha alianza. El lector de mente abierta debería retener dos claves: los capitalistas monopolistas son enemigos acérrimos de los empresarios del tipo laissez-faire y, dadas las debilidades de la planificación centralizada socialista, el Estado socialista totalitario es un mercado cautivo perfecto para los capitalistas monopolistas siempre que se pueda establecer una alianza con los operadores del poder político-socialista. Supongamos (y esto es tan sólo una hipótesis a esta altura) que capitalistas monopolistas norteamericanos fuesen capaces de reducir una Rusia socialista planificada a la condición de una colonia cautiva a nivel tecnológico. ¿No sería esto, en el Siglo XX, la extensión lógica de los monopolios ferroviarios de Morgan y del trust petrolero de Rockefeller de fines del Siglo XIX?
Aparte de Gabriel Kolko, Murray N. Rothbard y los revisionistas, los historiadores no han estado alerta para descubrir una combinación semejante. Todo el relato histórico ha sido etiquetado con raras excepciones en una dicotomía de capitalistas versus socialistas. El monumental y ameno estudio de George Kennan sobre la Revolución Rusa mantiene consistentemente esta ficción de la dicotomía entre Wall Street y los bolcheviques (2). El libro Russia Leaves the War (Rusia Abandona la Guerra) tiene una sola y casual referencia a la firma J. P. Morgan y ninguna en absoluto a la Guaranty Trust Company. Sin embargo, ambas están profusamente mencionadas en los archivos del Departamento de Estado, a los cuales se hará frecuente referencia en este libro. Ambas entidades son parte del núcleo central de la evidencia que aquí se presenta. Kennan no menciona a Olof Aschberg, el “banquero bolchevique” (según su propia definición), ni tampoco al Nya Banken en Estocolmo, aun cuando ambos jugaron un papel central en la financiación bolchevique. Más aún, Kenan se equivoca en circunstancias menores, pero cruciales (al menos cruciales para nuestro argumento). Por ejemplo, menciona al director del Banco de la Reserva Federal, William Boyce Thompson, como abandonando Rusia el 27 de Noviembre de 1917. Esta fecha de partida haría imposible que Thompson estuviese en Petrogrado el 2 de Diciembre de 1917 para transmitir un cable solicitando un millón de dólares a Morgan en Nueva York. Thompson, de hecho, abandonó Petrogrado el 4 de Diciembre de 1918 dos días después de enviar el cable a Nueva York. Nuevamente Kennan afirma que el 30 de Noviembre de 1917 Trotsky pronunció un discurso ante el Soviet de Petrogrado en el cual observó: “Hoy he tenido aquí en el Instituto Smolny a dos americanos estrechamente conectados con elementos capitalistas americanos”. De acuerdo con Kennan, resulta “díficil de imaginar quiénes pudieron haber sido estos americanos, excepto Robins y Gumberg”. Pero de hecho Gumberg era ruso y no norteamericano. Más allá de esto, puesto que Thompson todavía estaba en Rusia el 30 de Noviembre de 1917, los dos norteamericanos que visitaron a Trotsky fueron más que probablemente Raymond Robins, un promotor minero devenido en benefactor, y Thompson del Banco de la Reserva Federal de Nueva York.
La bolcheviquización de Wall Street fue algo conocido en círculos bien informados ya en una fecha tan temprana como 1919. El periodista financiero Barron registró una conversación con el magnate petrolero E. H. Doheny en 1919 y nombró específicamente a tres prominentes financistas, William Boyce Thompson, Thomas Lamont y Charles R. Crane:
A bordo del S.S. Aquitania, por la tarde del 1 de Febrero de 1919
Pasé la tarde con los Doheny en su suite. El Sr. Doheny dijo: Si usted cree en la democracia, no puede creer en el socialismo. El socialismo es el veneno que destruye la democracia. La democracia significa oportunidad para todos. El socialismo alimenta la esperanza de que un hombre puede dejar de trabajar y pasarla mejor. El bolchevismo es un auténtico fruto del socialismo y si usted lee el interesante testimonio ante el Comité del Senado de aproximadamente mediados de Enero que desenmascaró a todos esos pacifistas y campeones de la paz como simpatizantes de Alemania, socialistas y bolcheviques, verá usted que una mayoría de los profesores universitarios en los Estados Unidos están enseñando socialismo y bolchevismo, y que cincuenta y dos profesores universitarios han estado en los autodenominados comités por la paz en 1914. El presidente Elliot de Harvard está enseñando bolchevismo. Los peores bolcheviques en los Estados Unidos no son solamente profesores universitarios, siendo el presidente Wilson uno de ellos, sino capitalistas y esposas de capitalistas y ninguno de ellos parece saber de qué está hablando. William Boyce Thompson está enseñando bolchevismo y hasta puede convertir a Lamont de J.P.Morgan y Cía. Vanderlip es un bolchevique, como lo es también Charles R. Crane. Muchas mujeres se están uniendo al movimiento y ni ellas, ni sus maridos, saben en qué consiste ni a qué conduce. Henry Ford es otro de ellos y del mismo modo lo son esos cien historiadores que Wilson se llevó con él con la estúpida idea de que mediante la Historia puede enseñarse a la juventud las demarcaciones geográficas adecuadas de las razas, pueblos y naciones (3).
En resumen, este libro es una historia de la Revolución Bolchevique y sus postrimerías, pero es una historia que se aparta del enfoque que utiliza la usual camisa de fuerza conceptual de capitalistas versus comunistas. Nuestra historia postula una relación societaria entre el capitalismo monopolista internacional y el socialismo revolucionario internacional para mutuo beneficio de ambos. El costo humano final de esta alianza ha caído sobre los hombros del ruso individual y del norteamericano individual. El empresariado ha visto destruido su prestigio y el mundo ha sido impulsado hacia la ineficiente planificación socialista como resultado de estas maniobras monopolistas en el ámbito de la política y la revolución.
Esta es también la historia de la traición a la Revolución Rusa. Los zares y sus sistema político corrupto fueron expulsados sólo para ser reemplazados por los nuevos operadores políticos de otro sistema político también corrupto. Allí donde Estados Unidos hubieran podido ejercer su dominante influencia para lograr una Rusia libre, se doblegaron ante las ambiciones de un puñado de financieros de Wall Street quienes, para su propio beneficio, podían aceptar una Rusia zarista centralizada o una Rusia marxista centralizada, pero nunca una Rusia libre y descentralizada. Y las razones para estas afirmaciones se irán desplegando a medida que desarrollemos la historia subyacente y hasta ahora no relatada de la Revolución Rusa y sus secuelas (4).
Notas
(1) Confesiones de un Monopolista: “Estas son las reglas de los grandes negocios. Han superado las enseñanzas de nuestros padres y se pueden reducir a una simple máxima: consigue un monopolio y deja que la sociedad trabaje para ti. Recuerda que el mejor negocio de todos es la política porque una concesión legislativa, una franquicia, un subsidio o una exención impositiva valen más que una inversión en Kimberly o de Comstock desde el momento en que no requieren de trabajo alguno, sea mental o físico, para aprovechar su explotación”. (Chicago: Public Publishing, 1906), pág. 157.
(2) George F. Kennan, Russia Leaves the War (New York: Atheneum, 1967). Y también Decision to Intervene… Soviet-American Relations, 1917-1920 (Princeton, N.J.: Princeton University Press, 1958).
(3) Arthur Pound and Samuel Taylor Moore, They Told Barron (New York: Harper & Brothers, 1930), pp. 13-14.
(4) Existe un paralelo y una historia también desconocida respecto del movimiento Makhanovita que combatió tanto a los “Blancos” como a los “Rojos” en la Guerra Civil de 1919-20 (véase Voline, The Unknown Revolution - New York: Libertarian Book Club, 1953). También existió el movimiento “Verde” y que también combatió tanto a blancos como a rojos. Este autor no ha visto jamás ni siquiera una mención aislada de los Verdes en ninguna Historia de la Revolución Bolchevique. Y eso a pesar de que el Ejército Verde ¡tenía por lo menos 700.000 efectivos!
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