En los dos capítulos anteriores (1 y 2) han podido entender cuál es el beneficio del cartel bancario que encierra el Sistema de la Reserva Federal: crear el dinero contra los activos de los demás y ganarlo a continuación como devolución de préstamos más intereses. Pero el proceso no acaba aquí, porque tiene nefastas consecuencias para Vd. y para mí. Después de explicarlo a algunas personas éstas han comentado: “estos tipos son realmente listos. Desde luego se merecen ser los más ricos”. Pero esto se podría decir si los banqueros fueran ricos sin perjudicar a nadie. Pero la realidad no es así, porque ganan su dinero contra el bolsillo de los demás al mismo tiempo que destrozan las actividades productivas y generan un desempleo masivo. Veamos lo primero.
Todo el dinero que se crea de nuevo entra en la economía y diluye el valor del que ya está circulando. Es como si tuviéramos un vaso de vino y fuéramos echándole cada vez más gaseosa. Es evidente que a más burbujas pongamos menos sabrá a vino la bebida. Pues con el dinero sucede lo mismo según el sistema bancario crea más y más dinero y lo va introduciendo en la economía, pues diluye el dinero que ya está en los bolsillos de la gente.
En economía a este proceso se le llama inflación. Y es este el motivo por el que los precios suben cuando no existe escasez: la moneda pierde poder adquisitivo y los productos y servicios necesitan más unidades monetarias para ser adquiridos, así como también las materias primas y muy especialmente el oro y la plata. Si además se produce en un entorno de escasez, entonces las consecuencias pueden ser realmente desastrosas, como en las crisis petroleras.
Para ilustrar este asunto es interesante saber que si hubiéramos vivido en la Roma Antigua, una onza de oro nos habría permitido vestirnos con gran lujo y elegancia. Hoy sucede lo mismo, pues con 1.000 euros podemos vestirnos realmente con los mejores trajes, vestidos y calzados. Los precios cambian poco con el paso del tiempo o se terminan abaratando por las mejoras productivas. Pero este hecho no hemos podido disfrutarlo durante el s. XX por la permanente expansión del crédito y la progresiva dilución de las unidades monetarias.
Pero el proceso no se detiene aquí. Porque cuando perdemos ese poder adquisitivo es evidente que alguien lo encuentra. Es decir, no se evapora como el agua al calor del verano, sino que se transfiere de los bolsillos de unos a otros. O precisando más, de los bolsillos de muchos millones a los bolsillos de algunos cientos. Porque cada vez que se introduce nuevo dinero se detrae de alguna forma y en beneficio del que lo introduce la merma en el poder adquisitivo que provoca. Eso es lo que pierden todas aquellas personas que siguen usando esas monedas diluidas, con la peculiaridad de que se hace sin que se den cuenta o entiendan lo que realmente está pasando. De hecho, el proceso se ha vuelto tan crónico que todo el mundo asume como algo natural a sus vidas esa dilución permanente en la calidad del dinero. Como la más pura heroína para el drogadicto, la moneda fiduciaria de papel y el crédito excesivo se han vuelto indispensables para la sociedad.
Normalmente, el primero que se lleva ese poder de compra a su favor es el gobierno. Pero también la banca, cuando se pone de acuerdo en sus reuniones dónde se va producir la nueva burbuja. Es decir, hacia dónde se va a dirigir el siguiente tsunami de créditos y en qué momento anticiparán el cambio de tendencia pinchando convenientemente la burbuja al retirar el soporte de la liquidez. En España las acciones de Terra fueron un ejemplo paradigmático liderado por los directivos de la compañía.
Por supuesto, el sistema financiero gana también cobrando contra el nuevo dinero que se crea, al mismo tiempo que retorna a sus cajas fuertes toda la expansión monetaria creada según se van devolviendo los créditos. Pero también gana en el caso de que fracase parte de su expansión artificial del crédito. En efecto, como el dinero se ha creado contra activos ya existentes, cuando los clientes no pueden con sus cargas financieras el banco recibe los avales y garantías a cambio. Esto tendría sentido en efecto si el banco hubiera concedido los préstamos con su propio dinero. Pero deja de tenerlo cuando lo ha hecho sólo contra una pequeña fracción de sus reservas.

En cualquier caso, la inflación así entendida debe interpretarse como un impuesto. Como el impuesto más sutil y perverso, del que no consiguen escaparse ni los que trabajan sin emitir factura y sin declarar a hacienda sus beneficios. Pues también ellos quedan mermados en su poder adquisitivo.
No debe extrañarnos entonces que sean los dos principales beneficiarios de este sistema los que se han involucrado en este cartel. Un proceso que además nunca termina porque, recuerden, si todo el mundo devolviera sus créditos desaparecería todo el dinero en circulación. Luego es un mecanismo que nunca puede detenerse, igual que esas falacias energéticas llamadas móviles perpetuos.
Sobra decir que así no vamos bien.

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