Cuando se trata de inversiones sobre deuda pública, la mayoría de los economistas entienden correctamente que un encarecimiento brusco de los CDS soberanos no es más que la necesaria anticipación del riesgo de impago de un país. Pero desgraciadamente, cuando es el petróleo quién se encarece súbitamente y detrás de él las principales materias primas, nadie entiende entonces un riesgo de desabastecimiento, sino pura especulación o simple causa fruto de la expansión monetaria.
Sin dejar de ser cierto esto último, detrás de los 147$/barril de 2008 hay un claro signo de escasez, pues la producción mundial de petróleo entró en una meseta oscilante incapaz de satisfacer la nueva demanda añadida. Es decir, las nuevas incorporaciones de petróleo sólo conseguían vencer el declive de los campos en producción. Esto fue precisamente el detonante de que entrara cada vez más dinero especulativo en el mercado a partir de 2004 y se terminara disparando el precio.
Este grave error de interpretación sobre lo sucedido en 2008 está enviando una señal equivocada al consumidor final por los economistas, que además no termina de entender cuál es realmente el último origen de una crisis cuyos primeros estadios sólo estamos comenzando a sufrir sobre los ya frágiles mercados de deuda. Los últimos y más graves peldaños tendrán un componente de desabastecimiento alimentario, que desgraciadamente no parecen estar muy lejanos en el tiempo. Y no sólo porque cada vez está concentrada la distribución alimentaria en menos manos, sino especialmente por la estrecha relación que guarda la alimentación con el petróleo.
Petróleo y alimentos
Somos una civilización basada en el petróleo, una civilización que depende totalmente de una fuente de energía que pronto será decadente. Desde 1981, la cantidad de petróleo extraído excede con mucho los descubrimientos de nuevos yacimientos.
Se calcula que las reservas de petróleo en la Tierra eran de dos trillones de barriles, de los cuales ya se han extraído la mitad. Quedaría la otra mitad, pero el que queda no es de la misma calidad. Los primeros yacimientos eran de petróleo fácil, que era fácilmente extraíble, cerca de la superficie o cerca de la costa, petróleo concentrado en grandes yacimientos, y en lugares en los que las extracciones eran bienvenidas. El petróleo que queda, no será tan sencillo de extraer. Se encuentra en yacimientos más profundos, más pequeños, y más difíciles de encontrar; y en países a veces peligrosos.
Esta situación tiene consecuencias directas sobre la agricultura y sobre la alimentación, dado que la agricultura moderna depende completamente de los combustibles fósiles para engrasar sus engranajes. La mayor parte de los tractores utilizan diesel o gasolina. Las bombas de riego utilizan en su mayor parte gasóleo, gas natural o electricidad procedente de centrales térmicas. La producción de fertilizantes también depende en gran medida de la energía. Se utiliza gas natural para sintetizar el amoniaco de los fertilizantes basados en nitrógeno. El transporte de los fertilizantes también depende de los combustibles fósiles.
La eficiencia energética puede ayudar a la agricultura a reducir su dependencia del petróleo. En Estados Unidos, por ejemplo, el carburante usado por tonelada de grano cosechado cayó de 33 en 1973 a 12n 2005, una disminución del 64%. Pero mientras en EEUU esta cifra decrece, en otros sitios, como en China, aumenta, puesto que los agricultores dejan de lado el uso de animales para las labores agrícolas para pasar al uso generalizado de tractores.
La demanda de fertilizantes también está aumentando. A medida que la gente emigra de las zonas rurales a las urbanas, es más difícil abonar de forma natural, por lo que la demanda de fertilizantes crece.
El riego también está demandando un mayor uso de la energía, dado que los recursos hídricos cada vez son más escasos. En EEUU, el 19% del uso de energía en las explotaciones agropecuarias está destinado al bombeo de agua.
El 14% de la energía usada para el transporte de los alimentos es equivalente a dos tercios de la energía utilizada para producirlos. Hay que añadir que el transporte de fruta y hortaliza fresca por avión aumenta enormemente el consumo de energía. La distancia existente entre el lugar de producción y el lugar de consumo ha ido creciendo gracias al petróleo barato. En el super, podemos encontrar en primavera uvas traídas en avión desde Chile, cuando antes sólo consumíamos fruta de temporada de territorios cercanos.
El embalaje de los alimentos también es un gran consumidor de energía. No es extraño que el embalaje consuma más energía que la que ha sido necesaria para la producción del alimento en sí. Y a eso hay que añadirle los costes de marketing y publicidad. Un analista estadounidense ha afirmado que -Una caja vacía de cereales de desayuno comprada en una tienda costaría casi lo mismo que una llena.
Finalmente, hay que contar con la energía consumida en las cocinas de nuestras casas. Es la nevera quien se lleva la palma del consumo. En el primer trayecto de la alimentación, es el petróleo la fuente de energía necesaria para llevar adelante todo el proceso; en el último eslabón de la cadena, cuando la comida ya está en nuestras casas, es cuando la electricidad entra en juego.





Artículo traducido por NewsSoliclima. Original en Grist, por Lester Brown.
Más información en Crisis Energética, en el artículo Comiendo combustibles fósiles.

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