Cualquiera que analice los acontecimientos actuales sin la suficiente perspectiva, queda rápido atrapado por la vorágine de unas noticias en no pocas ocasiones contradictorias . La historia se repite y lo que ahora estamos viviendo no es sino el último episodio de control por parte de un reducido grupo, que opera detrás de unos políticos sumisos por bien pagados. Otros ya avisaron sobre el asunto en su momento y hoy queremos hacer nuestras sus advertencias, con el agravante de que ahora se hace más urgente una solución de consenso y que no requiera el ejercicio de la violencia por parte del estado.
Pues debemos recordar que en un estado de alarma quedan suspendidos los siguientes derechos:
¿Qué peligro real se quiere tapar con la actuación sobre la huelga de controladores? ¿Un contagio por alguna inmediata intervención de Portugal? ¿Se está preparando el terreno para algún tipo de cierre bancario nacional? ¿Por qué no protesta ningún medio, una vez se ha restablecido el tráfico aéreo, frente a esta brutal injerencia sobre las libertades individuales?
Los tres textos que traemos a continuación son:
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Pío XI, encíclica Quadragesimo Anno (15-05-1931).
A la libre concurrencia sucede la dictadura económica
105. Salta a los ojos de todos, en primer lugar, que en nuestros tiempos no sólo se acumulan riquezas, sino que también se acumula una descomunal y tiránica potencia económica en manos de unos pocos, que la mayor parte de las veces no son dueños, sino sólo custodios y administradores de una riqueza en depósito, que ellos manejan a su voluntad y arbitrio.
106. Dominio ejercido de la manera más tiránica por aquellos que, teniendo en sus manos el dinero y dominando sobre él, se apoderan también de las finanzas y señorean sobre el crédito. Por esta razón administran, diríase, la sangre de que vive toda la economía y tienen en sus manos así como el alma de la misma, de tal modo que nadie puede ni aún respirar contra su voluntad.
107. Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi característica de la economía contemporánea, es el fruto natural de una limitada libertad entre los competidores, que permite sobrevivir sólo a los más poderosos y que con frecuencia es tanto como decir los más violentos y los más desprovistos de conciencia.
108. Tal acumulación de riquezas y de poder origina, a su vez, tres tipos de lucha: se lucha en primer lugar por la hegemonía económica. Se entabla luego el rudo combate para adueñarse del poder público, para poder abusar de su influencia y autoridad en los conflictos económicos. Finalmente, pugnan entre sí los diferentes Estados, ya porque las naciones emplean su fuerza y su política para promover cada cual los intereses económicos de sus súbditos, ya porque tratan de dirimir las controversias políticas surgidas entre las naciones, recurriendo a su poderío y recursos económicos.
Consecuencias funestas
109. Últimas consecuencias del espíritu individualista en economía, venerables hermanos y amados hijos, son esas que vosotros mismos no sólo estáis viendo, sino también padeciendo: la libre concurrencia se ha destruido a sí misma y la dictadura económica se ha adueñado del mercado libre. Así que al deseo de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición de poderío y la economía toda se ha hecho horrendamente dura, cruel, atroz.
A esto se añaden los daños gravísimos que han surgido de la deplorable mezcla y confusión entre las atribuciones y cargas del Estado y las de la economía, entre los cuales daños, uno de los más graves es una cierta caída del prestigio del Estado, que… termina esclavo, entregado y vendido a la pasión y a las ambiciones humanas.
Remedios
110. … Ante todo, para evitar los escollos tanto del individualismo como del colectivismo, debe sopesarse con toda equidad y rigor el doble carácter individual y social del capital y del trabajo.
Las relaciones mutuas entre ambos deben ser reguladas conforme a las leyes de la más estricta justicia, llamada conmutativa, con la ayuda de la caridad cristiana. La libre concurrencia, contenida dentro de límites seguros y justos, y sobre todo la dictadura económica, deben estar imprescindiblemente sometidas de una manera eficaz a la autoridad pública en todas aquellas cosas que le competen.
Las instituciones públicas deben conformar toda la sociedad humana a las exigencias del bien común, o sea, a la norma de la justicia social, con lo cual ese importantísimo sector de la vida social que es la economía no podrá menos de encuadrarse dentro de un orden recto y sano…
132. Raíz y origen de esta descristianización del orden social y económico, así como de la apostasía de gran parte de los trabajadores que de ella se deriva, son las desordenadas pasiones del alma, triste consecuencia del pecado original, el cual ha perturbado de tal manera la admirable armonía de las facultades, que el hombre, fácilmente arrastrado por los perversos instintos, se siente vehementemente incitado a preferir los bienes de este mundo a los celestiales y permanentes. De aquí esa sed insaciable de riquezas y de bienes temporales, que en todos los tiempos inclinó a los hombres a quebrantar las leyes de Dios y a conculcar los derechos del prójimo. Pero que por medio de la actual organización de la economía tiende lazos mucho más numerosos a la fragilidad humana.
Como la inestabilidad de la economía y, sobre todo, su complejidad exigen de quienes se consagran a ella una máxima y constante tensión de ánimo, en algunos se han embotado de tal modo los estímulos de la conciencia que han llegado a tener la persuasión de que les es lícito no sólo sus ganancias a cualquier precio, sino también defender unas riquezas ganadas con tanto empeño y trabajo contra los reveses de la fortuna y sin reparar en medios.
Las fáciles ganancias que un mercado desamparado de toda ley ofrece a cualquiera, incitan a muchísimos al cambio y tráfico de mercancías, sin otra mira que lograr pronto las mayores ganancias con el menor esfuerzo en una especulación desenfrenada. Por eso tan pronto suben como bajan los precios de las mercancías según su capricho y codicia, desconcertando así a las prudentes previsiones de los fabricantes.
Las instituciones jurídicas destinadas a favorecer la colaboración de capitales, repartiendo o limitando los riesgos, han dado pie al mismo tiempo a las más condenables licencias. Vemos, en efecto, que los ánimos se dejan impresionar muy poco por esta débil obligación de rendición de cuentas. Además, al amparo de un nombre colectivo se perpetran abominables injusticias y fraudes. Por otra parte, los encargados de estas sociedades económicas, olvidados de su cometido, traicionan los derechos de aquellos cuyos ahorros recibieron en administración.
Y no debe olvidarse, por último, a esos astutos individuos que, bien poco cuidadosos del beneficio honesto de su negocio, no temen aguijonear las ambiciones de los demás y cuando los ven lanzados, se aprovechan de ellos para su propio lucro.
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Carroll Quigley. Tragedy and Hope. Cap. VIII
Después de 1931, el poder monetario de los principales bancos de inversión internacionales pasó a dominar tanto los principales negocios como a los propios gobiernos. Las empresas que pasaron a controlar fueron precisamente las más necesitadas de capital, como las industrias ferroviarias, petroleras y de automoción.
Pero aún llegaron más lejos, sentándose en sus consejos de administración a cambio de esas inversiones. Es así como consiguieron la información para moverse con comodidad entre los diferentes competidores, levantando al que más les interesaba pero hundiendo al mismo tiempo a los más díscolos a su control. De esta forma es como entretejieron una tupida red mediante la que se han diseñado los principales cárteles corporativos mundiales y que han reducido aún más la competencia, hasta monopolizar los diferente sectores claves de la economía ya antes de la GM-II. Finalmente esos conglomerados han conseguido financiarse a sí mismos con holgura gracias a su posición dominante.
Por ejemplo, cuando Hitler llegó al gobierno alemán y se comenzó a diseñar la nueva estrategia económica del país, pronto se encontraron con esta realidad corporativa. Walter Rathenau, director de la principal compañía eléctrica alemana (AEG) y asesinado por los nazis en 1922, llegó a decir entonces que “300 personas, que además se conocen todos entre ellos, son los que dirigen el destino económico de Europa y eligen sus sucesores entre ellos mismos”.
No obstante esta influencia sobre la industria pesada y tecnológica, el poder real de los grandes bancos se ejerce sobre los gobiernos y los partidos políticos. Esto lo consiguen gracias al control que ejercen sobre la deuda pública emitida con letras del tesoro y bonos a largo plazo. Pues son ellos precisamente los grandes expertos en el estado internacional de la deuda pública y sus cotizaciones y descuentos. De forma que cualquier gobierno, antes de emitir nueva deuda, se ve obligado a consultarles y a asesorarse según sus consejos.
Es tan estrecha la colaboración que no es extraño ver en cargos del Departamento del Tesoro a personas que anteriormente han ocupado puestos de relevancia en los grandes bancos de inversión.
Además del poder que pueden ejercer sobre los gobiernos debido a las necesidades de financiación y su propia influencia personal, los banqueros pueden dirigir a los políticos hacia donde ellos creen conveniente mediante otros métodos muy persuasivos. Como la mayoría de los gobernantes son ignorantes sobre asuntos financieros, buscan el consejo de los banqueros porque piensan que les van a asesorar con ecuanimidad. Pero la historia de los dos últimos siglos demuestra que los consejos dados por los banqueros a los gobiernos y los industriales han sido buenos para aquéllos, pero realmente desastrosos para las economías nacionales, los empresarios y para la gente en general.
Estos consejos pueden además venir reforzados mediante la correspondiente manipulación de las bolsas, los flujos de oro o materias primas, los tipos de interés o incluso mediante la reducción de los niveles de actividad industrial.
Una época especialmente hegemónica para la banca fue el periodo 1919-1931, cuando Montagu Norman y J. P. Morgan dominaban no sólo los mercados financieros, sino también las relaciones internacionales.
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Karl Marx. Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1858, El 13 de junio de 1849
Después de la revolución de Julio [1], cuando el banquero liberal Laffitte acompañó en triunfo al Hôtel de Ville [2] a su compadre [3], el duque de Orleáns [4], dejó caer estas palabras: «Desde ahora, dominarán los banqueros». Laffitte había traicionado el secreto de la revolución.
La que dominó bajo Luis Felipe no fue la burguesía francesa sino una fracción de ella: los banqueros, los reyes de la Bolsa, los reyes de los ferrocarriles, los propietarios de las minas de carbón y de hierro y de las explotaciones forestales y una buena parte de la propiedad territorial aliada a ellos: la llamada aristocracia financiera. Ella ocupaba el trono, dictaba leyes en las Cámaras y adjudicaba los cargos públicos, desde los ministerios hasta los estancos.
La burguesía industrial propiamente dicha sólo constituía una parte de la oposición oficial. Es decir, sólo estaba representada en las Cámaras como una minoría. Su oposición se manifestaba más decididamente a medida que destacaba más el absolutismo de la aristocracia financiera y a medida que la propia burguesía industrial creía tener asegurada su dominación sobre la clase obrera, después de las revueltas de 1832, 1834 y 1839 [5], ahogadas todas ellas en sangre. Grandin, fabricante de Ruán, que tanto en la Asamblea Nacional Constituyente, como en la Legislativa había sido el portavoz más fanático de la reacción burguesa, era en la Cámara de los Diputados el adversario más violento de Guizot. León Faucher, conocido más tarde por sus esfuerzos impotentes por llegar a ser un Guizot de la contrarrevolución francesa, sostuvo en los últimos tiempos de Luis Felipe una guerra con la pluma a favor de la industria, contra la especulación y su caudatario, el Gobierno. Bastiat desplegaba una gran agitación en contra del sistema imperante, en nombre de Burdeos y de toda la Francia vinícola.
La pequeña burguesía en todas sus gradaciones, al igual que la clase campesina, había quedado completamente excluida del poder político. Finalmente, en el campo de la oposición oficial o completamente al margen del pays légal [6] se encontraban los representantes y portavoces ideológicos de las citadas clases, sus sabios, sus abogados, sus médicos, etc. En una palabra, sus llamados «talentos».
Su penuria financiera colocaba de antemano la monarquía de Julio [7] bajo la dependencia de la alta burguesía. Y su dependencia de la alta burguesía convertíase a su vez en fuente inagotable de una creciente penuria financiera. Era imposible supeditar la administración del Estado al interés de la producción nacional sin restablecer el equilibrio del presupuesto, el equilibrio entre los gastos y los ingresos del Estado. ¿Pero como restablecer este equilibrio sin restringir los gastos públicos, es decir, sin herir intereses que eran otros tantos puntales del sistema dominante y sin someter a una nueva regulación el reparto de impuestos, es decir, sin transferir una parte importante de las cargas públicas a los hombros de la alta burguesía?
A mayor abundamiento, el incremento de la deuda pública interesaba directamente a la fracción burguesa que gobernaba y legislaba a través de las Cámaras. El déficit del Estado era precisamente el verdadero objeto de sus especulaciones y la fuente principal de su enriquecimiento. Cada año se añadía un nuevo déficit. Cada cuatro o cinco años, se contrataba un nuevo préstamo. Y cada nuevo empréstito se brindaba a la aristocracia financiera una nueva ocasión de estafar a un Estado mantenido artificialmente al borde de la bancarrota. Éste no tenía más remedio que contratar con los banqueros en las condiciones más desfavorables. Cada nuevo empréstito se daba una nueva ocasión para saquear al público que colocaba sus capitales en valores del Estado, mediante operaciones de Bolsa en cuyos secretos estaban iniciados el Gobierno y la mayoría de la Cámara.
En general, la inestabilidad del crédito del Estado y la posesión de los secretos de éste daban a los banqueros (y a sus asociados en las Cámaras y en el trono) la posibilidad de provocar oscilaciones extraordinarias y súbitas en la cotización de los valores del Estado, cuyo resultado tenía que ser siempre, necesariamente, la ruina de una masa de pequeños capitalistas y el enriquecimiento fabulosamente rápido de los grandes especuladores. Y si el déficit del Estado respondía al interés directo de la facción burguesa dominante, se explica entonces por qué los gastos públicos extraordinarios hechos en los últimos años del reinado de Luis Felipe ascendieron a mucho más del doble de los gastos públicos extraordinarios realizados bajo Napoleón, habiendo alcanzado casi la suma anual de 400 millones de francos, mientras que la suma total de la exportación anual de Francia, por término medio, rara vez alcanzaba los 700 millones.
Las enormes sumas que pasaban así por las manos del Estado daban, además, ocasión para contratos de suministro que eran otras tantas estafas. También para sobornos, malversaciones y granujadas de todo género. La estafa al Estado en gran escala, tal como se practicaba por medio de los préstamos, se repetía al por menor en las obras públicas. Y lo que ocurría entre la Cámara y el Gobierno se reproducía hasta el infinito en las relaciones entre los múltiples organismos de la Administración y los distintos empresarios.
Al igual que los gastos públicos en general y los empréstitos del Estado, la clase dominante explotaba la construcción de ferrocarriles. Las Cámaras echaban las cargas principales sobre las espaldas del Estado y aseguraban los frutos de oro a la aristocracia financiera especuladora. Se recordará el escándalo que se produjo en la Cámara de los Diputados cuando se descubrió accidentalmente que todos los miembros de la mayoría, incluyendo una parte de los ministros, se hallaban interesados como accionistas en las mismas obras de construcción de ferrocarriles que luego, como legisladores, hacían ejecutar a costa del Estado.
En cambio, las más pequeñas reformas financieras se estrellaban contra la influencia de los banqueros. Por ejemplo, la reforma postal. Rothschild protestó. ¿Tenía el Estado derecho a disminuir fuentes de ingresos con las que tenía que pagar los intereses cada vez mayores de su deuda?
La monarquía de Julio no era más que una sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional de Francia, cuyos dividendos se repartían entre los ministros, las Cámaras, 240.000 electores y su séquito. Luis Felipe era el director de esta sociedad, un Roberto Macaire en el trono. El comercio, la industria, la agricultura, la navegación, los intereses de la burguesía industrial, tenían que sufrir constantemente riesgo y quebranto bajo este sistema. Y la burguesía industrial, en las jornadas de Julio, había inscrito en su bandera: gouvernement à bon marché, un gobierno barato.
Mientras la aristocracia financiera hacía las leyes, regentaba la administración del Estado, disponía de todos los poderes públicos organizados y dominaba a la opinión pública mediante la situación de hecho y mediante la prensa, se repetía en todas las esferas, desde la corte hasta el café borgne [8], la misma prostitución, el mismo fraude descarado, el mismo afán por enriquecerse, no mediante la producción, sino mediante el escamoteo de la riqueza ajena ya creada. Y señaladamente en las cumbres de la sociedad burguesa, se propagó el desenfreno por la satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a cada paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía. Un desenfreno en el que por ley natural va a buscar su satisfacción la riqueza procedente del juego. Desenfreno por el que el placer se convierte en crápula y en el que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La aristocracia financiera, lo mismo en sus métodos de adquisición que en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpemproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa.
…
La aristocracia finaciera que había dominado bajo la monarquía de Julio, tenía su iglesia episcopal en el Banco. Y del mismo modo que la Bolsa rige el crédito del Estado, el Banco [9] rige el crédito comercial.
Amenazado directamente por la revolución de Febrero en su dominación y aún en su misma existencia, el Banco procuró desacreditar desde el primer momento la república, generalizando la falta de créditos. Se los retiró súbitamente a los banqueros, a los fabricantes y a los comerciantes. Esta maniobra, al no provocar una contrarrevolución inmediata, tenía por fuerza que repercutir en perjuicio del Banco mismo. Porque los capitalistas retiraron el dinero que tenían depositado en los sótanos del Banco. Los tenedores de billetes de Banco acudieron en tropel a sus ventanillas a canjearlos por oro y plata.
El Gobierno provisional podía haber obligado al Banco a declararse en quiebra, sin ninguna ingerencia violenta y por mera vía legal. Para ello no tenía más que mantenerse a la expectativa, abandonando el Banco a su suerte. La quiebra del Banco habría sido el diluvio que barriese en un abrir y cerrar de ojos del suelo de Francia a la aristocracia financiera, la más poderosa y más peligrosa enemiga de la república y pedestal de oro de la monarquía de Julio. Y una vez en quiebra el Banco, la propia burguesía tendría necesariamente que ver como último intento desesperado de salvación el que el Gobierno crease un Banco nacional y sometiese el crédito nacional al control de la nación.
Pero lo que hizo el Gobierno provisional fue, por el contrario, dar curso forzoso a los billetes de Banco. Y aún hizo más. Convirtió todos los Bancos provinciales en sucursales del Banco de Francia, permitiéndole así lanzar su red por toda Francia. Más tarde, le hipotecó los bosques del Estado como garantía de un empréstito que contrajo con él. De este modo, la revolución de Febrero reforzó y amplió directamente la bancocracia que venía a derribar.
Notas
[1] Se alude a la revolución burguesa de 1830 que tuvo por resultado el derrocamiento de la dinastía de los Borbones.
[2] El Ayuntamiento.
[3] En el texto un retruécano: «compère» es compadre y coparticipante en las intrigas.
[4] El duque de Orleans ocupó el trono francés con el nombre de Luis Felipe.
[5] El 5 y el 6 de junio de 1832 hubo una sublevación en París. Los obreros, que participaban en ella, levantaron una serie de barricadas y se defendieron con gran valentía y firmeza. En abril de 1834 estalló la insurrección de los obreros de Lyón, una de las primeras acciones de masas de los obreros franceses. Esta insurrección, apoyada por los republicanos en varias ciudades más, sobre todo en París, fue aplastada con saña. La insurrección del 12 de mayo de 1839 en París, en la que también desempeñaron un papel principal los obreros revolucionarios, fue preparada por la Sociedad Secreta Republicano-Socialista de Las Estaciones del Año bajo la dirección de A. Blanqui y A. Barbès. Fue arrollada por las tropas y la Guardia Nacional.
[6] Al margen de quienes tenían derecho al voto.
[7] La monarquía de Julio: período del reinado de Luis Felipe (1830-1848). La denominación es debida a la revolución de julio.
[8] Cafetín de mala nota.
[9] Hace referencia al Banco Central de Francia.

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4 Comments
Anonymous
09 Dec 2010 03:12 pm
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Pablo Ameba
(@Twitter) 11 Dec 2010 11:12 pm
Hay un texto de hace más de cuatro mil años que también describe bastante bien la situación:
“El Libro de las mutaciones” (I Ching).
Recomieendo la traducción de Wilheim Reich.
23.- PO / LA DESINTEGRACION
Las líneas del hexagrama dan la imagen de una casa cuyo techo comienza a ser amenazado por el colapso.
Los oscuros poderes inferiores comienzan a superar la fuerza, no por medios directos, sino de manera gradual e imperceptible.
La imagen:
La montaña descansa sobre la tierra, la imagen de la desintegración.
Así únicamente mediante ricas dádivas a los inferiores pueden los superiores asegurar su posición.
La montaña descansa sobre la tierra. Cuando es empinada y angosta y carece de base ancha, tiende a derrumbarse, únicamente elevándose desde la tierra, ancha y grande y no orgullosa y abrupta, ve asegurada su posición.
Así también los gobernantes descansan sobre la ancha base del pueblo.
También es el caso de ser generoso y magnánimo como lo es la tierra, portadora de todas las cosas.
Rodolfo
(@Twitter) 14 Dec 2010 12:12 am
Magnifica lectura que atrapa, como es habitual en este extraordinario blog. Recuerdo hace varios meses cuando leí aqui mismo banca y gobierno llevan a España camino a Nifhleim …
y celebro que lo mantengais vigente y bien visible en la barra lateral.
Es muy acertado mostrar esa joya, y no recargar demasiado con las noticias del dia a dia que dispersan el razonamiento.
Saludos desde Benidorm.
physis1
14 Dec 2010 12:12 am
Siempre se agradecen los parabienes.