Sólo un economista gacetillero liberal de dos bits, que escriba en un periodicucho de la Liga Universitaria y que tenga un Premio Nobel puede ver las dos gráficas siguientes y concluir que el gobierno japonés no ha conseguido reactivar la economía durante los últimos 20 años porque ha gastado demasiado poco en estímulos fiscales.
La deuda pública japonesa en 1989 era del 52% del PIB antes de que colapsara la bolsa y el mercado inmobiliario. Hoy ya representa el 200% del PIB y las proyecciones actuales muestran que la deuda pública alcanzará el 250% del PIB para 2015. Mientras tanto, los consumidores japoneses y las empresas han estado reduciendo su deuda durante los últimos 16 años. El resultado ha sido 20 años de recesión.
El nutrido grupo de expertos que nunca ve las crisis en el horizonte, apunta que Japón no ha colapsado bajo el peso de su deuda y por lo tanto ya tenemos la prueba de que en EEUU no pasa nada, porque todavía tiene mucha capacidad de endeudamiento a pesar de suponer ya un 90% del PIB. Es este precisamente el mismo tipo de argumento que empleaban para afirmar que los precios de la vivienda nunca habían caído en EEUU, por lo que no existía motivo alguno para preocuparse.
Pero una ley económica básica es la imposibilidad de sostener una tendencia que es imposible de sostener. Así que cuando implosione la tercera economía más grande del planeta, sus réplicas se notarán en todo el mundo.
John Mauldin ha dicho que Japón se parece a un bicho buscando un parabrisas con el que estrellarse. El asunto es que finalmente lo ha encontrado.

El gentío de los “todavía no ha sucedido nada lo suficientemente grave” sigue arrojando sus falacias sobre la elevada tasa de ahorro nipona y el hecho de que se autofinancien internamente. En efecto, el 95% de la deuda japonesa se ha colocado dentro del país, lo que lleva a afirmar a las empresas de calificación que esa deuda merece la máxima nota aunque alcance el 200% del PIB.
Pero un signo de que la base se está deteriorando es que el fondo estatal para las pensiones (que posee el 12% de esa deuda) por primera vez en 9 años vendió más bonos del gobierno de los que compró. Por otro lado, la tasa de ahorro nacional ha descendido desde el 18% en 1980 hasta sólo el 2% del PIB en la actualidad. Se están acabando los días de vino y rosas, cuando los tipos de los bonos se podían bajar hasta el 1% porque los ciudadanos japoneses compraban todo el papel que emitía su estado. En 2010 el gobierno japonés ya ha sacado deuda por valor de 53 billones de yenes, al mismo tiempo que la recaudación por impuestos se ha hundido un 20% (de 46 a 37 billones de yenes). ¿Observan cómo se está acercando el bicho al cristal?
El gobierno japonés lleva dos décadas dilapidando la riqueza de sus súbditos. El New York Times explicó recientemente dónde ha ido a parar todo ese dinero:
Las áreas rurales de Japón han sido pavimentadas y asfaltadas con nuevas carreteras. Se han construido represas y grandes proyectos de infraestructuras. Este ha sido el legado de los billones de dólares gastados para impulsar a la economía doméstica y conseguir salir de la profunda recesión provocada por el final de la burbuja inmobiliaria y el crash bursátil de finales de los 80. Durante las dos últimas décadas Japón ha acumulado el mayor déficit público del mundo desarrollado al mismo tiempo que ha sido incapaz de generar una recuperación conveniente. Entre 1991 y 1995 Japón gastó 2,1 billones de dólares en obra pública, siendo su economía aproximadamente la mitad de la americana.
El doctor Ihari de la Universidad de Tokyo examinó la obra pública realizada durante los años 90 y concluyó que todo ese gasto no provocó prácticamente crecimiento económico alguno. En vez de producir un efecto expansivo y beneficioso sobre la economía, encontró en sus estudios que el gasto emprendido por el gobierno había provocado una reducción de la inversión privada por el efecto de crowding-out. Destacó además que la generación de empleo estaba tan centrada en la industria de la construcción sobre las áreas rurales que prácticamente no había supuesto mejora alguna para el conjunto de la economía. Está además de acuerdo con los críticos que opinan que los planes de estímulo han fracasado porque se han dilapidado en puentes y carreteras, provocando una sobreconstrucción en un país ya de por sí desarrollado. Los críticos afirmán también que las decisiones sobre cómo gastar el dinero se han tomado siempre a puerta cerrada y en los despachos de los burócratas, políticos e industriales de la construción, reflejando a menudo prioridades más políticas que económicas.
En Hamada, los habitantes dicen que su proyecto faraónico más visible es un puente a ninguna parte que ha costado 70 millones de dólares. El Marine Bridge de 307 metros casi no tiene tráfico a primera hora de la mañana de un día laborable. Construido en 1999, une la ciudad con una pequeña isla escasamente poblada que además ya estaba unida por un puente más pequeño. “Los puentes y las carreteras son contrucciones vistosas y atractivas, pero sólo crean puestos de trabajo durante su construcción. Se necesita trabajo estable que aguante durante las recesiones”, comenta Shunji Nakamura, jefe de la sección de la policía industrial.
El año pasado Moodys quitó la AAA a la deuda pública japonesa con la siguiente advertencia:
Esta nueva calificación quiere reflejar el riesgo que supone el elevado endeudamiento del país, que hace más vulnerable su posición fiscal a las sacudidas que provocarían estos desequilibrios en un contexto de brusca subida de tipos de interés. La calificación refleja también el considerable incremento del gasto público causado por los efectos severos del colapso global en el comercio internacional y la propia recesión de la economía japonesa. Además, las enormes reservas en moneda extranjera, aún siendo muy grandes comparadas con las de otros países, son sólo una pequeña fracción de sus activos y podrían no ser suficientes para cancelar el riesgo de refinanciación en una situación de estrés severo.
Para recuperar la calificación anterior, la economía japonesa necesita una recuperación sostenida, la reducción del déficit presupuestario y la minoración en la trayectoria de la deuda. Pero, por el contrario, la calificación de los bonos podría estar bajo presión si continúa la tendencia actual de endeudamiento, algo que podría suceder debido a las presiones demográficas sobre el estado del bienestar y los gastos en pensiones. O si el mercado pierde su actual entusiasmo por las nuevas emisiones de deuda del gobierno.
Japón ha mantenido sus tipos de interés por debajo del 2% durante los últimos 15 años. Actualmente se encuentran al 0,3% y ya no queda margen para bajarlos más. La idea es que estos tipos espoleen a los empresarios para expandirse e invertir. También tienen que transformar a los tenaces ahorradores japoneses en solventes consumidores. Pero ninguna de estas dos cosas está ocurriendo. En vez de eso, lo que han aparecido son inversores foráneos que piden prestado en Japón al 1% para invertir en deuda mejor remunerada en otros países. Es el famoso carry-trade entre divisas.
Sólo hay un motivo por el que los inversores aceptan un interés tan bajo sobre la deuda pública japonesa: la permanente fortaleza del yen, que se ha apreciado un 100% con respecto al dólar desde 1995. Y ha permanecido fuerte a pesar de su débil crecimiento económico por su superávit comercial durante décadas. Pero esta tendencia se está volviendo también insostenible, porque China, Vietnam, Indonesia y otras economías asiáticas emergentes pueden producir toda la morralla que piden los americanos más barata que el propio Japón. Por eso el superávit está comenzando a menguar y los políticos japoneses se desgañitan intentando reactivar las exportaciones. La intervención sobre los mercados monetarios para deblitar el yen es una señal en esta dirección. Pero esta estrategia va a fracasar porque todos los bancos centrales del planeta están devaluando sus divisas con frenesí pensando que la destrucción progresiva de sus monedas les va a traer más prosperidad.
Cuanto más se analiza la economía japonesa más se descubre que no hay salida posible. Se encuentran atrapados en una ciénaga infinita de incertidumbre. Porque si consiguen debilitar el yen, entonces ¿por qué van a aceptar los inversores un raquítico 1%? Como muestra la gráfica siguiente, Japón tiene un problema con el envejecimiento de su población. En el 2050 la mitad de los japoneses tendrá más de 65 años. Su población ha entrado ya en una espiral sin fin de la muerte que va a durar varias décadas. Y según vayan envejeciendo se verán obligados a vender sus bonos para sobrevivir, de forma que los principales compradores de la deuda se convertirán en vendedores netos, generando progresivamente las soluciones individuales una situación colectiva insostenible para el conjunto de las pensiones.
Espero dejar claro que Japón camina sobre un estrecho desfiladero entre un muro de piedra y el abismo. Un yen debilitado junto con la pesadilla demográfica que tienen por delante podría reducir la demanda de yenes al 1%. Y esto no es un desarrollo positivo de los acontecimientos cuando cada año se pide a los mercados 600.000 millones de dólares. Porque si se reduce la demanda la opción lógica para seguir atrayendo inversores es subir los tipos. Y eso suena razonable mientras no se tenga una deuda total de 10 billones de dólares. Pero si se tiene (como es el caso), sólo con un interés del 0,5% anual sobre los bonos a 10 años el servicio de la deuda ya se está comiendo el 60% de los ingresos por impuestos.
Si el mercado pide un tipo de interés superior al 3,5% para aceptar la deuda nipona, entonces el gobierno necesitará todos sus impuestos sólo para pagar los intereses de la deuda. Y a partir de ese momento parece evidente que Japón se verá forzado a suspender el pago de su deuda. No queda ninguna otra opción razonable.
Así que cualquier subida de los tipos terminará hundiendo a la tercera economía más grande del planeta, convirtiéndola en un país tercermundista (a semejanza de Grecia) y provocando que la economía mundial quede patas arriba. La caída de Japón provocará una nueva sacudida mundial de proporciones descomunales.
Japón es un Titanic que ya ha golpeado el iceberg. Se está llenando de agua rápidamente. Krugman ha recomendado al capitán que avance a toda máquina porque así va a salir de perlas, como si de una lancha fueraborda se tratara. Pero resulta que son muchas las toneladas a mover y además no hay suficientes botes salvavidas. La intervención sobre el yen en los mercados internacionales es equivalente a cambiar de sitio el mobiliario y mantener a la gente ocupada en algo para que nadie sospeche que el problema son las vías de agua. Añadir más estímulos es semejante a la orquesta tocando una nueva balada en cubierta. El destino del buque es bien conocido y cada vez queda menos tiempo para tomar los botes y remar con fuerza para alejarse del navío no sea que su vórtice nos arrastre con él.
Artículo original: When Japan Collapses, James Quinn. The Burning Plataform.

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