En el último estreno cinematográfico español se intenta sepultar el genio de Lope de Vega bajo una lápida de indecencia, hasta convertirlo en un imbécil disoluto. No han sabido encontrar otra forma más grosera para ocultar el profundo cambio posterior de su vida. Pero hoy esa película es más un reflejo del hedor de nuestra sociedad que de la propia vida que pretende representar. Así son las cosas. Porque como nos explican en deseducativos múltiples autores (que no cito y así destaco a todos), en la educación (medios de comunicación y colegios) se ha creado un nuevo lenguaje para evitar que el sujeto sea consciente del cambio que se opera en su conducta y la dirección que emprende, al mismo tiempo que le promocionan hacia lo abyecto y la ignominia como ideal desde esa aura fatua del progresismo social.
Si han leído desde el penúltimo punto de corrido o transversalmente, les ruego que vuelvan hacia atrás y comprendan lo que se quiere decir. Porque si algo busca con ahínco cualquier programa educativo del presente, es borrar el profundo rastro que pudieran haber dejado palabras como ‘hábito’ y sustituirlo por otras más aptas como ‘competencias básicas’. Cientos de autores han pulido la primera con el esmero que se talla un diamante. Pero la segunda aparece con el mismo esplendor y violenta novedad que posee la tiranía. Mientras aquélla representa a la tranquilidad en el orden, ésta materializa la vorágine de lo caótico que sirve para imponer la voluntad del poder.
El siguiente literato a perseguir supongo será Góngora, ese estúpido poeta matemático con el porte estirado de un inquisidor. Porque Cervantes se ha salvado al ridiculizar como ingenioso a un loco y representar la cordura montada en un pollino. Algo muy del gusto de todos esos bastardos panzudos de la pedagogía y amigotes de la ignorancia, que sólo han conseguido aprender a aprender. Pues la mugrienta gamuza que tienen por intelecto estos fieles sirvientes no sirve ni para limpiar el zaguán del prostíbulo intelectual que les han construido sus amos.
Quisiera esmerilar mis expresiones hasta que abrieran como el bisturí sus conciencias, pero no tengo la talla literaria de esos tres gigantes que tanto esplendor han dado a nuestra lengua española.
Tuve la suerte de conocer a Cédric Villani hace unos cuantos años. Y ya entonces destacaba por su brillante inteligencia, casi pareja a la extravagancia de su vestir y también gran cordialidad. Nunca más supe de él hasta que ha recibido y compartido el equivalente al premio Nobel de matemáticas en el Congreso internacional celebrado en agosto de 2010. Mi más cordial felicitación.
Pero lo sorprendente es el motivo. Pues ha sido por los avances que ha conseguido sobre la cinética y la entropía, piezas teóricas fundamentales del complejo aparato matemático y análisis numérico que está ayudando a comprender el comportamiento del estado de plasma en los próximos reactores de fusión, cuyo modelo es el ITER.
Espero que en medio de toda la mugre nacional, su brillo sirva para animar no sólo a los alumnos que comienzan este curso escolar, sino muy especialmente a los profesores que deberán enfrentarse otra vez contra la imposición de lo mediocre. Sirva entonces el talento de Villani como modelo de excelencia.

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